Alumbrado


El miedo a oscuridad es tan viejo como la humanidad.
El reino de las tinieblas induce en el ser humano un miedo que podemos clasificar en dos tipos: un miedo real a la violencia humana, delincuentes, bandidos y gente de mal vivir; y un miedo cultural, supersticioso, plagado de brujas, espíritus malévolos y demonios. Para la gente de bien, sobre todo los más humildes, la vida cotidiana terminaba al anochecer y no les quedaba más alternativa que refugiarse hasta la salida del sol, incluso hoy día la mayoría de nosotros evita salir solo por la noche y, aún más, evitamos los lugares oscuros.  

Las antorchas o teas fueron las primeras formas de luz artificial utilizadas contra la oscuridad. Posteriormente se utilizaron hachas, mechas hechas con esparto y empapadas en alquitrán que resistían al viento sin apagarse, velas de cera y candilejas o lámparas de aceite preparadas para su combustión por medio de una mecha de algodón empapada en el líquido combustible. El empleo de velas de sebo (s. XIII) es muy posterior al aceite y a la cera. Durante siglos se utilizaron estos sistemas de iluminación sin ningún desarrollo técnico que reseñar hasta las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX, con la aparición de la lámpara de Argand o quinqué (1780) , la lámpara de Carcel (1808) y la lámpara de Chevreul (1836) y la utilización de otros combustibles como el aceite de roca (petróleo) y velas esteáricas o bujías.

En la Salamanca del Antiguo Régimen y aún después, la caída de la noche significaba la desaparición de las gentes, caballerias y carruajes de las calles. Estas quedaban sumidas en la oscuridad, convirtiéndose en un espacio acotado para el peligro y la inseguridad, únicamente alumbradas por el farolillo de algún transeúnte que osaba circular por ellas o por la débil luz de las imágenes de las capillas repartidas por el casco urbano. La calle no solo era un territorio predispuesto a la violencia, además su utilización nocturna podía acarrear múltiples accidentes personales debido al mal estado del firme, los obstáculos invisibles en la oscuridad o las inmundicias acumuladas. Solo  en las noches de verano, donde la temperatura invitaba al paseo colectivo, y en fiestas y celebraciones especiales la población podía utilizar la calle con alguna seguridad.

El 8 de abril de 1784, siendo corregidor D. Vicente Saura y Saravia (1783 a 1786) fue inaugurada la instalación de unos pequeños reverberos en la Plaza Mayor y algunos lugares principales, tratando de cumplir la orden del Consejo de Castilla de 1777 que establecía el alumbrado nocturno.
A pesar de esto, Salamanca no dispuso de un verdadero sistema de alumbrado público hasta que un Real Decreto de 1838 obligó a todas las capitales de provincia a instalar un servicio de serenos y alumbrado nocturno. Los primeros serenos comenzaron su función en 1839, pero las primeras farolas de aceite (posteriormente se utilizarían de petróleo) no fueron instaladas hasta 1841. (El 14 de mayo de 1841 lucieron 213 faroles en los puntos más céntricos de la ciudad, con el paso de los años llegaron a ser cerca de mil.)

Salamanca había llegado tarde al espíritu de la ilustración que pretendía la reforma urbana con el objeto de aumentar la seguridad y la salubridad, convirtiendo las ciudades en un nuevo espacio social con exigencias de orden, comodidad y sanidad, sin olvidar su embellecimiento y ornamentación. Este espíritu reformador, reclamado durante todo el siglo XIX, incluía dotaciones para la ciudad en forma de alcantarillado, zonas y paseos arbolados, empedrado, alineación y limpieza de las calles, red de suministro de aguas e iluminación nocturna.

En España, Barcelona había sido la primera en establecer en 1759 un sistema de iluminación público con 1680 faroles de aceite vegetal, Madrid, después de un intento fallido de 1730, lo establece en 1765 con 4408 faroles de aceite vegetal.
La financiación y la gestión de este servicio público eran diametralmente distintas en una y otra ciudad. En Barcelona, la limpieza y reposición de aceite estaba a cargo de ocho mujeres en un almacén centralizado y el farolero se encargaba únicamente del encendido y cuidado durante la noche y se financiaba a través de impuestos en el consumo de carne. Madrid, sin embargo, creó la figura de farolero como un nuevo empleado municipal y la financiación se realizaba a través de tributos aplicados a los vecinos. La fórmula de Madrid fue la que se reprodujo en el resto del Estado.

La penuria económica del Ayuntamiento de Salamanca retrasó la instalación del alumbrado nocturno y, a juzgar por las continuas quejas en los diarios de la época, fue siempre pobre y relegado a calles céntricas. Para ahorrar gastos, se suprimía en las noches de plenilunio.

En 1841, cuando se inicia el alumbrado público en Salamanca, la utilización de aceite vegetal y lucilina (petróleo) como combustible habían perdido preferencia en el alumbrado de las calles debido a su escasez y alto coste, siendo reemplazado en muchas ciudades por la luz de gas (gas de hulla) que aunque exigía la construcción de una red de canalización era mucho más barato y abundante. En un principio, este sistema de iluminación requería ser encendido, pero pronto se idearon sistemas de autoencendido al paso del gas lo cual representaba además un ahorro en mano de obra.

Desde 1861, el Ayuntamiento de Salamanca recibe diversas proposiciones para la instalación de iluminación por gas que siempre son rechazadas, entendemos que por razones económicas.

Cuando en 1880 los periódicos salmantinos (Revista del Circulo Salmantino, nº 421 01/10/1881) anuncian al fin la instalación en Salamanca de la luz de gas, la batalla con la luz eléctrica por el predominio como sistema de iluminación urbana había comenzado. París ya había realizado la instalación de iluminación eléctrica en 1877,  Madrid la instala en 1881 y Barcelona en 1882. La batalla parece decantada por la electricidad pero tendría que convivir durante muchos años con la iluminación por gas hasta que la victoria fuese total.
Tal vez por esperar al nuevo sistema de alumbrado o tal vez por cuestiones económicas, Salamanca continuaría con su viejo y costoso sistema de alumbrado.

En 1884, los señores Moneo e hijo y Compañía proponen al Ayuntamiento la colocación de cuatro focos eléctricos durante la Ferias y Fiestas. El periódico El Progreso del 10 de septiembre de 1884, publica una nota sobre la primera prueba de alumbrado eléctrico en Salamanca:
«El lunes a las ocho de la noche lució por primera vez el alumbrado eléctrico en la Alamedilla. A la entrada del paseo brillaba un foco, otro en el centro de la rotonda del pabellón y otro en cada uno de los cuatro ingresos del mismo. La prueba no pudo ser más satisfactoria; la luz era brillante y sostenida, y al lado de su azulada blancura, la luna parecía amarillenta y las luces de las farolas parecían no alumbrar. El Ayuntamiento de Salamanca, ante resultados tan satisfactorios, no debe vacilar en adoptar cuanto antes el alumbrado eléctrico.»

La situación del alumbrado de Salamanca estaba llegando a ser en extremo precaria.

Mientras se reciben sucesivas propuestas por parte de compañías de alumbrado de gas, la prensa salmantina anuncia la implantación del alumbrado eléctrico para 1887 (El Fomento 23 julio de 1886). Para esas fechas algunos de los problemas de la luz eléctrica, como la fijeza de la luz y su molesto centelleo, ya han sido resueltos.
En enero de 1888, el Ayuntamiento autorizó a la comisión de alumbrado para proponer la forma y medios de dotar a la Salamanca de luz eléctrica (La Liga de Contribuyentes de Salamanca, 8 de enero de 1888). Ese mismo año entró en vigor una nueva norma para la iluminación de los teatros en la que se hace obligatorio el uso de luz eléctrica. Tal vez estas fueran algunas de las razones que impulsaron a D. Carlos Luna Beovide al negocio eléctrico.

De origen dudoso, se le cree manchego como consecuencia de la lectura de su correspondencia desmintiendo un posible origen cubano, nacido probablemente hacia 1852, no se conoce dato alguno sobre su familia, su posición social o sus bienes. Su infancia y juventud, salvo el hecho de que se educó en los Estados Unidos, también es desconocida (los datos anteriores no están confirmados). Se casó con Inés Terrero Salcedo, a la que conoció en Francia en 1884 y de cuya relación nació Inés Luna Terrero "B.B.". Inés Terrero era hija de Antonio Terrero Perinat, militar gaditano y diputado por Salamanca en varias legislaturas, y de Inés Salcedo heredera de un extenso patrimonio rural integrado por varias dehesas y numerosas parcelas. El carácter emprendedor del Sr. Luna contribuyó para ser aceptado en una familia de la élite salmantina en la que al principio fue mal recibido.

Carlos Luna no descuidó el negocio de la explotación de la tierra de su mujer, que utilizó para financiar sus negocios empresariales. En 1888 constituyó la sociedad mercantil “La Electricista Salmantina” con el objeto de la explotación del alumbrado eléctrico para establecimientos públicos y casas particulares de Salamanca. Obtuvo permiso del Ayuntamiento de Salamanca para abrir zanjas y tender hilos en julio de ese mismo año y presentó unas condiciones ventajosas para la instalación del alumbrado público que fueron aceptadas por la corporación. Con un desembolso superior a 50.000 duros adquiere la maquinaria y el material necesario. Al parecer, el Sr. Moneo y Compañía solicitó también el establecimiento del alumbrado público por luz eléctrica, lo que provocó la anulación del acuerdo entre el  Ayuntamiento y el Sr. Luna, convocándose un concurso público entre los industriales que optasen a la instalación. El concurso, que quedaría fijado para el día 28 de febrero, estaba sujeto a las siguientes clausulas (La Liga de Contribuyentes de Salamanca; 9 septiembre de 1888):

1 Este servicio se adjudicará al mejor postor en pública licitación
2 Durante el plazo de 15 días a contar desde el anuncio en la Gaceta de Madrid, se admitirán las proposiciones que se presenten en pliegos cerrados al transcurso de los cuales tendrá efecto la subasta.
3 El contratista se comprometerá a poner de su cuenta por ahora en los sitios céntricos de la población y qué se señalan, 200 focos incandescentes de 16 bujías cada uno, y que el ayuntamiento podrá ampliar a los demás barrios y paseos, si así lo estimare conveniente.
4 Por este servicio el Ayuntamiento abonará cinco céntimos de peseta por luz y hora.
5 Las luces que se coloquen se arreglarán de modo que puedan apagarse aisladamente unas de las otras.
6 Para la instalación de máquinas y aparatos, el Ayuntamiento cederá al contratista el edificio Correccional (Calle Juan de la Fuente), y si a este no le conviniera no podrá exigir de aquel otro alguno en su reemplazo.
7 La empresa contratista dotará de su cuenta las lámparas que sean necesarias para el alumbrado.
8 El Ayuntamiento cede al mejor postor las farolas colocadas hoy en la vía pública de su pertenencia, pero sin derecho a perpetuidad.
9 La reposición y desperfectos de las lámparas serán de cuenta del Ayuntamiento.
10 En el caso de que accidentes mayores interrumpieran el alumbrado eléctrico por cualquier causa, el contratista pondrá de su cuenta las luces que sean necesarias para alumbrar al vecindario, como lo están con petróleo.
11 El mismo contratista para garantir la condición anterior, depositará en arcas municipales la cantidad de 2500 pesetas.
12 La instalación de los cables por las calles será subterránea.
13 Aprobada la subasta, los trabajos de instalación para el alumbrado, darán comienzo dentro de los 15 días siguientes a la celebración de aquella y la terminación de los mismos al transcurso de los tres meses.

A pesar de este contratiempo, el proyecto del Sr. Luna continuó adelante, aunque con algún retraso sobre la fecha inicial de implantación que era la del 1 de octubre. El 15 de noviembre llegó la maquinaria adquirida y a primeros de diciembre el Sr Robert Mondos, ingeniero electricista francés contratado por Carlos Luna para la instalación. Este ingeniero venía avalado por diversas instalaciones en Francia tanto de edificios como de ciudades.
El 4 de febrero de 1889 comenzó la apertura de zanjas desde la calle Campo de San Francisco, donde estaba la fábrica de luz, hasta la Plaza Mayor. En varias casas particulares ya se habían realizado las instalaciones internas, además se trabajaba en varios establecimientos públicos. El Casino de Salamanca instalaba 59 luces, 9 para los salones y dependencias de diario y 50 para los días de baile. El Café Suizo colocaba 2 lámparas de arco voltaico, alumbrando también con luz eléctrica las demás habitaciones. El Café Cuatro Estaciones, El Circulo de la Unión y el Café de la Perla esperaban la instalación.

Mientras tanto, simultáneamente en Madrid y en Salamanca, se celebró la subasta del alumbrado quedando sin efecto por falta de licitadores. En los días posteriores fueron revisadas las condiciones del concurso y fijada la  segunda subasta para el 14 de junio, la principal modificación fue el aumento de la contratación de puntos de luz con 225 lámparas incandescentes y 26 arcos voltaicos.

El 19 de marzo, La Electricista Salmantina efectuó la prueba definitiva, resultando satisfactoria. Salamanca disponía ya de electricidad (al menos unos pocos). El 23 de marzo el Casino de Salamanca inauguró la iluminación eléctrica con una velada literaria y el 27 hizo lo propio la Casa Consistorial que celebró sesión con numeroso público. Poco a poco fueron sumándose clientes sobre todo organismos oficiales y comercios, solo para la Diputación se propuso colocar 25 lámparas incandescentes de diez bujías y una de arco voltaico de 2000 bujías en el patio, esto nos da idea de la escasez con la que se trataba de iluminar la ciudad aunque se limitara a una zona muy reducida.

El 14 de junio se celebró, también simultáneamente en Madrid y Salamanca, la segunda subasta para la instalación de la luz eléctrica de la ciudad. Esta vez presentó su propuesta en Salamanca “La Electricista Salmantina” del Sr. Carlos Luna, quedando desierta en Madrid. Provisionalmente fue adjudicada al Sr. Luna, hasta que en la sesión del pleno del Ayuntamiento del 26 de junio se le concedió definitivamente. El tipo final quedó establecido en 6 céntimos de peseta y ¾ de otro para cada uno de los 225 focos de luz incandescente por hora de funcionamiento y de 54 céntimos de peseta y ¾ de otro para cada uno de los 26 arcos voltaicos por hora de funcionamiento. Una vez designados por la comisión de alumbrado los lugares donde quedarían ubicados los puntos de iluminación, comenzaron las obras para su instalación. La Plaza Mayor quedaría iluminada a mediados de julio con cuatro arcos voltaicos que serían ampliados a ocho en días posteriores. A primeros de diciembre de 1889 pudo considerarse terminada la instalación prevista para Salamanca, un suelto de la revista “La Electricista” de Barcelona informa del hecho: «El Sr. D. Carlos Luna ha terminado su instalación de material para el alumbrado eléctrico de la población de Salamanca. La fuerza disponible es de 200 caballos de vapor y la Sala de máquinas es un verdadero modelo de perfección y curiosidad. El sistema de conductores es de 3 hilos, la mayor parte de ellos colocados subterráneamente. El servicio de luz ha merecido el encomio de todos los abonados. Nos alegraríamos poder decir otro tanto de todas las instalaciones para el servicio público en España. ».
En enero de 1890 la comisión de expertos, nombrada por el Ayuntamiento para comprobar si las características de la instalación eléctrica cumplía las condiciones del contrato, emite un veredicto positivo de la misma y aunque reconoce que la intensidad de corriente que llega a los arcos voltaicos es insuficiente para alcanzar la intensidad lumínica firmada, estima que es un problema fácilmente corregible debido a la gran potencia de los aparatos generadores instalados por el contratista.


Tarifas de "La Electricista Salmantina" de 1889

De la dimensión de la instalación efectuada por el Sr. Luna nos da una idea el diario “El Fomento” en su edición del día 17 de febrero de 1890 : «……. constitúyenla dos máquinas de vapor semifijas de 50 caballos nominales cada una, de Davey y Paxman y de Rustón, Proctor y Compañía, cada una de las cuales acciona tres dinamos. En junto seis máquinas eléctricas: dos de 150 amperes cada una, dos de 175 amperes cada una, y las cuatro de 110 volts; una de 65 amperes, otra de 30, y las dos de 150 volts. La instalación para el alumbrado público está muy adelantada. Actualmente lucen 19 arcos voltaicos de 10 amperes, con una regularidad que admira á todo el que ha visto alumbrado eléctrico en otras partes, incluso en París. Los arcos que se usan son: Gramme, Pilsen, Mondos, Piepér y Brush. Como alumbrado incandescente hay unas 300 lámparas entre 10, 16, 25 y 200 bujías, solo para particulares. El teatro tiene también una instalación muy buena. La sala está alumbrada por un solo arco de 4.000 bujías, y en la escena y entrada tienen unas 40 lámparas de 25 y 16 bujías. La Diputación también tiene un arco de 10 amperes y 35 incandescentes de 25, 16 y 10 bujías. Las calles de Zamora y Prior ya están alumbradas con lámparas incandescentes de 16 bujías, y se continúa instalando en otras calles, hasta el número de 225. La lámpara que está más lejos de la fábrica es la del final de la calle de Zamora, á 1.125 metros, y la diferencia de potencial allí es solo de 10 volts, respecto á la de los dinamos que marchan á 110. La canalización es subterránea, excepto en la Plaza, donde pasan por los soportales los hilos que sirven para alumbrarla. ….».

En abril de 1890 el Ayuntamiento y el Sr. Luna firman un acuerdo para la iluminación eléctrica de toda la ciudad, esto obligará al señor Luna a construir una nueva fábrica, que a fines de 1891 comienza a instalarse en el edificio del exconvento de la Merced (actualmente facultad de matemáticas).

No todo fueron parabienes entre el Ayuntamiento y “La Electricista Salmantina”, a principios de 1895 el Ayuntamiento rescindió el contrato con el Sr. Luna por motivos económicos al considerar que los precios eran abusivos. El conflicto se solucionó con la obtención de una sensible rebaja en el contrato que pasaría de 90.246,74 pesetas anuales a 75.433,40 pesetas.

El 22 de Noviembre de 1896 una nueva sociedad constituida por acciones (300 accionistas con 250 acciones de 100 pesetas) nace en la ciudad con objeto de competir con “La Electricista Salmantina”, se trata de “La Unión Salmantina”. El 1 de agosto de 1898 es inaugurada su fábrica en el Teso de San Nicolás (sobre un solar adquirido al Ayuntamiento por los  Sres. Moneo y traspasado a “La Unión Salmantina” que actualmente es Museo de Automoción), constando de dos pabellones de 22 metros de longitud y 14 de ancho, destinado uno a sala de generadores de vapor y el otro a sala de generadores de movimiento y energía eléctrica. El Adelanto del 31 de julio de 1898 nos describe sus características técnicas:
«….. En las galerías hoy construidas y sobre sólida cimentación, se admiran dos generadores de vapor, inexplosibles de 136 metros cuadrados de calefacción cada uno, para trabajar á once atmósferas, construidos por la casa De Naeyer y Compañía de Willebsoeck (Bélgica), los cuales han sido probados a 21 atmósferas, con presión hidráulica. Dos dinamos, sistema trifilar, con divisores de tensión de 100.000 Watts de trabajo eléctrico, tensión de 300 Watts e intensidad de 415 amperes, procedentes de la casa Allgemeine Elekhicitats -Gessellschaf, de Berlín; dos motores de vapor, verticales, de triple expansión y condensación de 160 á 180 caballos de fuerza, construidos por la renombrada casa Buston Proctor y Compañía Limiter de Lincold (Inglaterra); un caballito de vapor, sistema Vostington, y un bien entendido cuadro de distribución, único en España, y debido á la iniciativa del señor Director técnico de la sociedad. La transmisión de movimiento entre motores y dinamos consigúese mediante 16 cables de cuero 0range-Tam, de la casa Ihon Tulís, de Londres. La canalización eléctrica, estudiada sobre un detallado plano de la población, y teniendo en cuenta el consumo probable en cada una de las zonas y calles de la misma, ha sido hecha con cables subterráneos unos, y aéreos otros, adquiridos de la acreditada casa de Biumenfeld, de Berlín; por cierto, que las condiciones de resistencia y aislamiento, satisfarían al más exigente perito en materias de electricidad. También hemos observado la buena calidad del material empleado en las instalaciones particulares, así como la de las lámparas que han de utilizarse. ……..».

La nueva empresa obligó a una revisión a la baja de los precios de la electricidad, aun así los precios fueron inasequibles para la inmensa mayoría de la población de la ciudad que continuó iluminándose con los medios tradicionales, disfrutando de la luz eléctrica en lugares y edificios públicos, comercios, fábricas y talleres.
En toda España y también en la provincia salmantina fue creciente el número de fábricas de luz en los últimos años del siglo XIX y principios del siglo XX, destinados a alumbrado de poblaciones y sobre todo de industrias, introduciéndose otras formas de energía mecánica, ensayándose durante esos años las primeras centrales hidroeléctricas en el Agueda y el Duero.
La fábrica de luz de la "Unión Salmantina" (actual museo de
automoción) junto a la fábrica de "Harinas del Sur"
 (actualmente "Casino del Tormes"). foto Venancio Gombau


La siempre depauperada situación económica del Ayuntamiento, mantuvo en los primeros años del siglo XX unos niveles insuficientes de alumbrado público, adeudando en ocasiones sumas considerables a los suministradores de electricidad lo que abrigó, en varios momentos, el temor al corte del suministro. La situación económica de las dos empresas salmantinas, unas veces aliadas y otras contrarias, fue en todo momento adecuada, lo que nos da idea de los altos porcentajes de beneficio obtenidos a pesar de los pocos clientes existentes. El Adelanto del 7 de marzo de 1911, resume así su situación:

«…..Y ahora, brevemente, reseñaremos la industria de la luz eléctrica en la capital y en la provincia, industria que, como antes hemos dicho, ha alcanzado justa fama y ha progresado notablemente. En Salamanca. La Electricista Salmantina, sociedad anónima. Producción de energía para el alumbrado público y particular. Utiliza, como primera materia, los carbones de Asturias y Peñarroya, transportados por ferrocarril á esta ciudad. Utiliza motor de vapor y gas pobre, de 300 caballos de fuerza, con una gran producción anual. Paga la tonelada de carbón á 52 pesetas y cobra por unidad kilo-wats 80 céntimos. Tiene 22 operarios mayores de diez y seis años y se halla en estado progresivo. La Unión Salmantina, sociedad anónima. Producción de energía aplicada á fuerza motriz y alumbrado público y particular. Utiliza, como primeras materias, carbones de Asturias, que transporta por ferrocarril. Utiliza motor de vapor y eléctrico de 300 caballos de fuerza, con otra gran producción anual. Paga la tonelada de carbón á 48 pesetas y cobra por unidad kilo-wats 80 céntimos. Hay exceso de producción y puede emplearse en Salamanca y sus alrededores aplicada á distintas industrias. Cuenta con 12 operarios y el desarrollo de la industria es progresivo. ……..».

En 1916, “La Electricista Salmantina” construye una nueva fábrica de luz en la zona de Los Caidos , ocupando parte del solar que fue Colegio Mayor de Cuenca. En el artículo “Segunda campaña de excavación arqueológica solar del botánico 2001,  avance de conclusiones” escrito Por Miguel Ángel Muñoz García, Manuel Carlos Jiménez González y María Eva Gutiérrez Millán, encontramos una interesante descripción de la misma:
 «El edificio industrial partía desde la calle de la Oliva y, sobre los restos de la inconclusa capilla del s. XVIII, se prolongaba hasta el borde de la Vaguada de la Palma. Ello también es constatable en el parcelario publicado por D. Enrique de Sena. Concretamente se distingue en su parte más oriental el espacio en que se encontraba la maquinaria. Ésta se situaba en los fosos de hormigón hallados los primeros días de la excavación arqueológica. Con los vagos datos que recuerdan D. José Luis Rupidera Núñez y un compañero de Electra de Salarnanca, ya jubilado, podemos afirmar que se trataba de un edificio que albergaba dos generadores eléctricos de C/A (corriente alterna) de 600 kw cada uno. Se accionaban por dos motores de carbón comprados a un barco, los cuales estaban refrigerados por agua procedente de una torre de refrigeración (de la cual no ha quedado constancia arqueológica alguna) también montada en el edificio o en su entorno. Este edificio con sus instalaciones anexas se utilizaba a su vez como almacén de postes y demás materiales eléctricos necesarios. Los motores se alimentaban por calderas identificadas en la excavación arqueológica. Eran refrigerados con agua de la misma torre. La energía térmica pasaba a dos alternadores (generadores) de turbina que se disponían en los fosos excavados. Éstos tenían una potencia de 600 kw y 3.000 v. La línea eléctrica de 13.800 v. salía de la central de "Los Caídos" para conectar con la central de Tejares, denominada Línea Sur, y que enlazaba con la subestacíón de distribución de la avenida de los Maristas. Estos mismos testigos nos transmitieron que los muros de piedra en seco localizados sobre las cantinas del colegio mayor de Cuenca, corresponden en realidad a la vivienda habitada por el vigilante de la fábrica de luz. Toda la instalación y edificios de "Los Caídos" fueron destruidos por un fuego en 1951. Abandonándose definitivamente. ».

Las mejoras en el transporte de la electricidad, permitieron alejar cada vez más los puntos de fabricación de la misma de los puntos de consumo, comenzando la explotación de saltos de agua de la provincia por parte de las empresas de la ciudad y globalizó el mercado de la energía eléctrica que fue pasando a manos de un número menor de empresas cada vez más poderosas.
El 1 de julio de 1933, “La Electricista Salmantina”, “La Unión Salmantina” y “Sección Redes de Salamanca de Saltos del Duero” constituyeron una nueva sociedad denominada “Electra de Salamanca” que, a su vez, en 1973 se integró en Iberdrola.

La consolidación y posterior mejora de los sistemas de alumbrado, incrementó la seguridad en nuestras calles y prolongó las horas útiles tanto para el trabajo como para el ocio, incrementando la vida social nocturna y la aparición de más tabernas, cafés, teatros y casas de juego. Todo esto se tradujo en cambios sociales y nuevas formas de vivir en la ciudad que quedarán reflejadas en el urbanismo del siglo XIX.

A pesar del afianzamiento en la utilización de la electricidad, no consiguió generalizarse su uso en toda la población hasta la década de los 70 del siglo XX, basta decir que hacia 1920 solo el 8% de la población española disponía de luz eléctrica.