El Lunes de aguas


Lunes de Aguas en la Chopera, fotografía de Viuda e hijos de Venancio Gombau
publicada en el libro Salamanca en la mano de Enrique Esperabé de Arteaga 1930

Festejando el lunes de aguas, fotografía de Viuda e hijos de Venancio Gombau
publicada en el libro Salamanca en la mano de Enrique Esperabé de Arteaga 1930



Revista Alrededor del Mundo,  4 de Julio de 1902
EL LUNES DE AGUAS
Tradición Salmantina por ZEDA

Al primer lunes, después de la semana de Pascua de Resurrección, se le da en Salamanca el nombre de lunes de aguas. Aquel día la gente del pueblo se esparce, o bien por la Aldehuela, dehesa próxima a la capital, o bien a la  llanura (la dehesa, por supuesto) que aquí y allá asombran tupidas alamedas y de trecho en trecho encinas de ancha copa, o por las choperas que se extienden a la margen derecha del Tormes o por las frondosidades de la huerta de Otea. Algunas familias se deciden a pasar el puente con el fin de solazarse en la pradera del Zurguén, cantado, lo mismo que el Otea, por los poetas de la escuela salmantina del siglo XVIII, y muy particularmente por Meléndez Valdés é Iglesias de la Casa.

En unos y en otros lugares, grupos de artesanos con sus mujeres é hijos meriendan alegremente su gran cazuela cuajada, plato tradicional, cuya base la forman los castizos garbanzos y cuyos relieves los constituyen el sustancioso chorizo del país, la oronda morcilla, el jamón, el lomo y otras no menos sabrosas golosinas.
No hay que decir que tan suculento guiso es regado con el tinto de Toro, el clarete de Hervás o con el blanco de la Nava o Alaejos. Terminada la merienda no falta un aficionado que rasguee la guitarra, puntee la bandurria o estire y encoja el acordeón, mientras mozas y mozos hacen la digestión de lo merendado, jaleando sus cuerpos con los acompasados vaivenes del schotis o de la polca.
¿Cual es origen de esta fiesta popular que se celebra religiosamente todos los lunes de aguas?
Helo aquí:

Allá por los años, ya remotísimos, en que la Universidad de Salamanca era sede principal y el más brillante ornamento de la ciencia española, cursaban sus aula, como es sabido, siete u ocho mil estudiantes. Abundaban entre ellos la gente maleante, mas dada a hojear el libro de las cuarenta hojas que Soto, Brocense o Arias Montano, mas aficionada a esgrimir la espada que los argumentos escolásticos y mucho más inclinada a rondar callejuelas, correr perros, dar serenatas y visitar burdeles que a oír las lecturas y explicaciones del Maestro León, de Hernán Pérez de Oliva, o de los demás profesores celebérrimos de aquella ilustre escuela. Era la juventud escolar, según el dicho del poeta:
gente de vicios avara,
hombres audaces e impuros,
que en sus ámbitos oscuros
la Universidad ampara.

Amparábalos, en verdad, el fuero universitario, proporcionándoles, entre otras ventajas, la de ser ahorcados, cuando tan triste y desastrado caso llegaba, por la jurisdicción escolar y no por la ordinaria, cosa que no dejaba de ser un honor para el interesado.
Las historias y tradiciones de aquel tiempo cuentan y no acaban multitud de lances estupendos, tales como sangrientos desafíos, acuchillamiento de corchetes, burlas pesadísimas, seducciones, violencias y atropellos.
Siendo esto como dicen, no es de extrañar que hubiera en Salamanca, viviendo, por decirlo así, a la sombra de su gloriosa escuela, buen golpe de barateros, matones y rufianes y un enjambre de mozas de las llamadas del partido o de casa llana, de aquellas, que según antiguas pragmáticas, debían andar por el lugar con ciertos picos pardos en el vestido, significativos de su género de vida. 
Jefe, director o presidente de tales mujerzuelas, era cierto funcionario al que ellas daban el nombre de Padre, nombre que aún se da a una de las gigantillas que en los días de feria recorren la ciudad al son del tamboril y la dulzaina. Este Padre de tantas y tan desenvueltas hijas era el responsable de cuantos desaguisados y escándalos cometíanse en la ciudad por el rebaño sometido a su alta y noble dirección. Cuando llegaba la Cuaresma, el padre enderezaba a sus ovejas por el puente adelante, y lo mismo ellas que su rabadán acampaban al otro lado del rio, esperando que pasase la Semana Santa y la de Pascua; con lo cual los días consagrados al rezo y a la penitencia no eran turbados en la ciudad del Tormes por escenas de disolución y desenfreno.
Entonces, aunque la gente fuese más viciosa que la actual, tenía fe, creía a pie puntillas en la Religión y  cumplía los preceptos de la Iglesia.
Terminada la época de los ayunos y oraciones, levantábase el entredicho a las desterradas y permitíaseles regresar a Salamanca bajo la vigilancia siempre del susodicho Padre. El día señalado para el regreso, primer lunes después de Pascua, la orilla derecha del rio cubríase en un gran trecho de grupos de estudiantes provistos de sabrosas meriendas y repletas botas de buen vino. Estaba prohibido que las mozas de los picos pardos volviesen a la ciudad por el puente. Erales preciso, por lo  tanto, atravesar el río en barcas, y en barcas iban los estudiantes a recogerlas, y después de merendar con ellas, acompañábanlas triunfalmente a la mancebía.
Imagínese el discreto lector ahora la algazara, baíleteos, cantares y escenas pintorescas a que daría lugar el acto solemne de juntarse las mozas desterradas con la desenvuelta juventud estudiantil.
De la costumbre de «pasar por agua» a las dichas mujeres, vino el nombre de "lunes de aguas», lunes que aún se celebra y que sabe Dios hasta cuando seguirá celebrándose, aunque dicho sea en honor a la verdad y en justicia al tiempo presente, la  moderna fiesta ha perdido su antiguo y nada recomendable carácter. Lo único escandaloso que de ella queda, es tal o cual o borrachera... Lo que prueba que el lunes, que en lo antiguo se llamó de aguas, debiera hoy con más propiedad llamarse de vino.

ZEDA.