La Hostelería Salmantina


Café de las Cuatro Estaciones, calle Toro,18


Cafe Terminus en calle Toro, 18

Hall de entrada del Hotel Terminus.
Mundo Gráfico 25-09-1912

Hotel café del Pasaje

Café Iris en la Calleja del Pinto

Parador del Clavel en la calle Consuelo, Venancio Gombau

Posada de la Cadena
Luis Gonzalez de la Huebra

Cándido Ansede

El hotel del Comercio, en la plaza de los Bandos

Vestibulo del Hotel del Comercio


Parador Santa Eulalia, en el lugar donde hoy
se encuentra el restaurante La Posada


Paradores en la Plaza de la Reina - Cándido Ansede


Fotografía de la web del Novelty


El Nacional (Novelty) en los años 40


Postal del Café Naciona l (Novelty) de 1945


Restaurant Español, plaza del Corrillo,26. Años
20 del siglo XX.

El Parador del Manco en la actual calle de San Juan de la Cruz

Bar del Armuñés en 1924. Casa funadada en 1877. Su propietario
era Felix Carbajosa Rico y estaba en la calle Doctor Riesco actual calle Toro.




Breves e incompletas notas sobre la hostelería salmantina

Salamanca siempre fue una ciudad hostelera, actividad que continuamente estuvo sometida a los vaivenes de su principal clientela: la Universidad.
Pupilajes, posadas, hostales, mesones, tabernas y luego cafés, cafeterías, restaurantes, hoteles, bares, discotecas, pub, bares de copas y otros garitos, estuvieron siempre a lo largo del tiempo a disposición de los estudiantes y profesores, al igual que de  propios y extraños, nobles y lacayos; prestos a cubrir sus necesidades de alojamiento, comida, bebida y diversión, cumpliendo con la perpetua misión de ser espacios de sociabilidad.

Perdida su condición de ciudad fronteriza y tras el relativo fracaso de la repoblación de principios del siglo XII, la pequeña ciudad de Salamanca vio nacer el Estudio General, germen de la Universidad y heredero de las anteriores Escuelas Catedralicias. Este significativo hecho convirtió Salamanca en una ciudad abierta y cosmopolita. La llegada de estudiantes generó un progresivo aumento de la actividad comercial que hizo crecer la ciudad en tamaño y servicios.

Durante la edad media, hostales y tabernas se repartían por la ciudad, sobre todo en el entorno de las puertas de la muralla donde el tráfico comercial era más fluido. La actividad del hostal generalmente iba más allá de proporcionar un lecho y viandas a los viajeros ya que, como en las tabernas, los moradores de la ciudad se mezclaban con los transeúntes y participaban en reuniones donde el juego, las apuestas y el consumo excesivo de vino eran habituales (tenemos constancia de la gran cantidad de terreno del Concejo destinado al cultivo de uva durante la edad media). En  algunos casos era posible satisfacer los deseos carnales  con las prostitutas que algunos hostaleros empleaban. Estas circunstancias convertían a los hostales y tabernas en lugares propensos a las discusiones y peleas violentas.
La  imagen anterior, sin duda favoreció la reprobación de la iglesia católica, como lo podemos vislumbrar en los sermones de Vicente Ferrer, actitud que se ha mantenido en el tiempo, sobre todo por parte de los sectores más integristas.
La actividad comercial fue otra de las funciones de los hostales medievales, continuada de diversas maneras por la hostelería posterior, no en vano en ellos se alojaban los mercaderes ambulantes que a menudo depositaban sus mercancías en los propios hostales y por tanto constituían lugares excelentes para cerrar tratos, en algunos casos intermediados por los propios hostaleros. Incluso se llegaba a vender al por menor las mercancías que entraban en el hostal, actividad que fue perseguida por la justicia no solo por intrusismo con otros oficios, sino por la falta de control sobre sus tributos. A pesar de todo lo expresado, no consta que los hostaleros y taberneros medievales fueran considerados ciudadanos marginales, salvo para ciertos sectores relacionados con la iglesia, aunque, al igual que otros comerciantes, su consideración dependía del valor y actividad de su negocio. Otro detalle de la hostelería medieval, también constatado en siglos posteriores, es la presencia de mujeres regentando estos establecimientos, único sector comercial que otorgó a la mujer cierta libertad.

Con el paso del tiempo, el esplendor de la Universidad, en consonancia con la expansión del imperio español, aumenta y diversifica el número de establecimientos hosteleros de Salamanca. Casas de pupilos, posadas, mesones, bodegones, etc. se encargan de alojar y alimentar, al margen de colegios mayores, menores, militares y religiosos y hospitales oficiales, el creciente número de estudiantes universitarios, así como a los alarifes, canteros y artesanos encargados de las innumerables construcciones relacionadas con la Universidad, el Cabildo Catedralicio y las distintas congregaciones religiosas. 

El mesón, al tiempo de disponer de cuartos para el alojamiento de clientes, tenía otros servicios para los individuos que sólo pretendían comer, beber o alimentar su caballerías, sus servicios eran equivalentes a los de las ventas pero estas sólo se encontraban en los caminos. Las Posadas a diferencia de los mesones, solo ofrecía estos servicios a sus huéspedes. 

En Salamanca el tipo más habitual de alojamiento para los estudiantes fue el pupilaje, tratado por la literatura picaresca siempre en tono peyorativo. Covarrubias define a los pupilos estudiantes como “los que están a la orden de un bachiller, que les dan lo que han menester para su sustento y gobierno por un tanto...", y que García Mercadal apostilla como los "acomodados en casa de un maestro de pupilos o pupilero, que les daba dos veces al día olla y pan duro, para que comiesen menos, y sólo los sábados poníales mondongo y fruta...". Según la ordenación de la Universidad de Salamanca, debían ser casas de recogimiento, atendidas por un bachiller, en la que se agrupaban escolares matriculados en la  misma facultad y que por lo tanto debían tener los mismos intereses educativos.
Gobernaciones, Repúblicas de estudiantes y camaristas, fueron otras formas de hospedaje estudiantil que sin duda trataremos en otro lugar.
Bodegones, tabernas y casas de vinos completan el panorama hostelero de la Salamanca de época moderna. 
Una hostelería que aún con el paso del tiempo, seguía teniendo las mismas connotaciones que en épocas anteriores como espacios de relación social en donde la conversación, los juegos, las canciones o los bailes e incluso el comercio sostenían un cómodo equilibrio con su condición de antros de perversión y de consumo de alcohol. Las ordenanzas municipales controlaban la actividad de estos negocios, regulando sus funciones y las condiciones higiénicas de los locales, prohibiendo el juego, salvo durante las ferias, y la prostitución, que solo es permitida en la Casa de la Mancebía establecida por el príncipe D. Juan en 1497 y después suprimida por Felipe IV en 1630, que a partir de entonces pasa a ser una actividad clandestina. La Casa de la Mancebía, construida por el regidor Juan Arias Maldonado se ubicó en el Arrabal Allende del Puente en el mismo lugar que el recinto ferial, por estar apartado del núcleo urbano y ser lugar de paso obligado para todos los que salían o entraban a la ciudad por el puente romano. Además, en el lugar radicaban varios mesones, entre ellos el de Gonzalo Flores, el de la Trinidad y el de la Portuguesa, lugares en donde la práctica de la prostitución era habitual.

La decadencia de la Universidad iniciada en el siglo XVII, que conduce hasta su práctica desaparición a mediados del XIX, trae consigo una decadencia pareja en la ciudad y con ella, la de sus establecimientos hosteleros.
Las tipologías de los establecimientos permanece, pero cada  vez es más borrosa; añadiéndose otras denominaciones como paradores, figones, fondas, botillerías, tiendas de vinos generosos, horchaterías o alojerías. Algunos establecimientos permanecen desde tiempos antiguos, como el mesón o parador de la Solana1el de los Toros o el del Rincón en la Plaza del Ángel.

La crisis tiene como consecuencia la aparición de una incipiente “cuestión social”. La élite de la ilustración, de la que nuestra Universidad es una fiel propagadora, considera los mesones, posadas y tabernas lugares donde el alcohol alimenta solidaridades poco del agrado de quienes mandan y difíciles de controlar. La aristocracia dispone de salones particulares donde celebrar bailes, tertulias, juegos, timbas y otros asuntos. Los  mesones y tabernas quedan para satisfacer la demanda del pueblo llano, continuando su función de espacio de sociabilidad que ahora podemos denominar popular, lejos del control de los poderes establecidos, lo cual origina en su contra vigorosos ataques que no sólo se explican por los peligros objetivos del consumo de alcohol, sino que también se derivaban de la recelosa actitud de las clases dominantes, no sólo la iglesia católica, hacia estos lugares difíciles de mediatizar.


Lo que escaseaba en Salamanca, eran lugares públicos refinados, poco asequibles económicamente y por tanto inaccesibles al empobrecido pueblo salmantino, lugares que la incipiente burguesía decimonónica, enriquecida por el comercio, la desamortización o la escasa industria y enfrentada con la clase aristocrática dirigente, hará escenario de tertulias, entretenimiento  y conspiraciones en busca de su cuota de poder.

Este escenario aparecerá con una  nueva tipología hostelera: EL CAFÉ.

Los primeros cafés abiertos en España, datan de la segunda mitad del siglo XVIII y, aunque de tardía introducción con respecto a Europa, prosperaron rápidamente y llegaron a ser numerosos a finales del siglo XVIII.
En Salamanca la cosa se demoró algo más, aunque la neblina del tiempo y lo poco investigado del tema no nos permite asegurarlo con certeza. Según José María Hernández Pérez, el primer café estuvo en el número 40 de la Plaza Mayor, debía por tanto estar muy próximo al parador de los Toros, y en él, en 1811, se celebraban bailes a 3 francos, en moneda francesa, por persona y noche. Sin embargo, la poca literatura sobre el tema otorga tradicionalmente el honor de ser el primer café, al menos el primer establecimiento con ese título, al del italiano Cechini que el 26 de Julio de 1812 pidió licencia al Ayuntamiento para la apertura de un café en la Plaza Mayor, desconociéndose su situación exacta. De nuevo Hernández Pérez nos asegura la existencia de otro café en la Plaza Mayor, el Café Nuevo, cuya techumbre se derrumbó en 1845 falleciendo en el siniestro su propietario Antonio Soriano Sánchez, peñarandino de 45 años. El investigador se atreve a conjeturar sobre su situación como la misma en la que antes estuvo el café de Cechini y en la que años después se establecería el café Novelty16, nada tendría de extraño dada la tendencia de los locales a perpetuar su actividad, que no sus negocios, nombres y propietarios. Tenemos también noticia de que en 1850, el Sr. Valentín Rochoni abre un café en la plaza del Corrillo, algunos años antes de que el café Suizo3 lo hiciera en la calle Zamora a espaldas de la Casa Consistorial o que el Cafe de la Perla4 y de la Nueva Iberia5 se establecieran en la calle del Prior, convirtiéndola en la calle del pecado.
Este fue el panorama cafetero que nuestros tatarabuelos disfrutaron hasta que en 1879, los Srs. Ansede y Compañía abrieron en el 18 de la calle Toro el café de las Cuatro Estaciones6 que luego se transformó, con el cambio de siglo, en el café Castilla7 y luego, en 1911, en el café Términus8, volviendo brevemente tras la Guerra Civil a la denominación de café Castilla hasta su cierre a principios de 1964, dejando el local para los muebles de González del Rey y acabar ocupado en la actualidad, en un nuevo edificio, por la moda de H&M.
Del café de las Cuatro Estaciones salió su cocinero Marcelino Chapado en 1890, dejando muy maltrecha la gastronomía de su antiguo café, para abrir el café-restaurant de la Universidad en el lugar donde estuvo desde 1885, calle de la Rúa esquina Palominos, el café de Oporto9. En 1895, D. Marcelino negoció con D. Bernardo Martín Pérez, propietario, maestro de obras y político municipal, la gestión del café, casino y hotel de 40 habitaciones que este había construido un año antes entre la Plaza Mayor y la calle Espoz y Mina. El pasaje abierto entre ambos viales dio nombre al complejo, gran hotel restaurant café del Pasaje10, de larga vida en nuestra ciudad.
La plaza del Liceo fue escenario de otra apertura en 1886, el café de Colón11, café temático de corta vida al que le sustituyó el café de París12 en 1890, de aún más corta vida, descubriéndonos para la posteridad que la plaza del Liceo no es sitio para negocios de hostelería.
El concepto de café teatro también tuvo su representante en Salamanca, el café del Siglo13. Abierto a mediados de la década de los 90 del siglo XIX en un espacioso edificio, en la calle del Prior 3-5, junto a la Plaza Mayor. Canción lírica, zarzuelas y funciones dramáticas eran asequibles por el módico precio de la consumición, lo que le hizo muy popular entre la clase obrera que no podía costear los altos precios de los teatros. Lo sustituyó a primeros de siglo el “Salón de Variedades” que añadió a sus espectáculos las representaciones cinematográficas y estuvo abierto hasta 1910, año en el que ocupó el local la sede de la empresa eléctrica “La Unión Salmantina”.
La situación de los cafés, en la Plaza Mayor o su entorno inmediato, buscaba la cercanía a su potencial clientela, la clase media-alta. A fines del siglo XIX y principios del XX, algunas familias acomodadas establecieron sus residencias fuera del casco urbano, aún definido por el trazado de la ya inexistente muralla. De esta manera aparecieron, en el incipiente ensanche de la ciudad, los llamados “hotelitos”, algunos de los cuales ha llegado hasta nuestros días. Esto dio lugar a la aparición, ya avanzado el siglo XX, del primer café de las “afueras”, el Sud-Expres, que como su ferroviario nombre indica estuvo en el paseo de la Estación, frente a la Alamedilla.


Las necesidades de alojamiento en la Salamanca de fines del siglo XIX, fueron cubiertas por paradores, fondas y casas-pensión, algunos de gran antigüedad. Estuvieron, los ya mencionados, parador del Rincón, de la Solana y de los Toros y otros como la fonda del Comercio, en la calle del Concejo; El parador de la Cadena, en el Pozo Amarillo; el parador de la Basilisa, en la Puerta de Zamora; el de los Caballeros, en la puerta trasera del Hotel Pasaje; el parador del Manco, en la plaza del Peso; el de la Reina, en la plaza de la Reina; etc.
Su falta de comodidad, de servicios e incluso, en muchos casos, sus malas condiciones higiénicas, fijó su clientela en las clases menos pudientes y estuvieron ocupados por arrieros, vendedores ambulantes, labriegos, gitanos, estudiantes, etc.
La exigencia de un alojamiento refinado para las clases más acomodadas, sobre todo tras la llegada del ferrocarril a la ciudad, fue satisfecha por el Hotel del Comercio14, construido alrededor de 1877 en la plaza de los Bandos, y más tarde por el hotel del Pasaje abierto a fines de 1899, además de los hoteles situados en algunos de los cafés mencionados, como el de las Cuatro Estaciones y sucesores o el del Colón.

En este repaso a la hostelería salmantina del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX, no hemos nombrado, lo cual sería poco menos que imposible, toda la hostelería. Una infinidad de pequeñas tabernas y bodegones, muchos sin nombre, salpicaban la ciudad atendiendo fundamentalmente a las clases populares. Así mismo, existieron otros tipos de hostelería más especializada: Salones de baile, donde no solo se bailaba sino que también se representaban obras teatrales, musicales e incluso espectáculos circenses, como fueron el Salón Oriental, frente al campo de San Francisco, el salón La Salmantina, ambos desde mediados del XIX, o el salón Artístico inaugurado en 1884 en la plaza de los Menores (Plaza de Colón), en él llegó a dirigir su orquesta D. Tomás Bretón; Pastelerías, como La Mallorquina que abrió despacho y tienda el 31 de mayo de 1908 en la calle Navio y Poeta Iglesias y que dispuso de un gran salón para el consumo, o la, mucho más antigua, confiteria, reposteria y chocolate al temple de Federico Sanchez Crespo instalada en 1858 en la Plaza Mayor 34, trasladada desde la calle de San Julián; o la confitería La Madrileña que desde 1870 todavía se encuentra en la Plaza Mayor 7; Chocolaterías; Horchaterías; etc. completaban un panorama sin duda digno de estudio. Se nos antoja añadir el Frontón de San Bernardo, en las afueras de San Bernardo, la zona en que hoy estan las añudas viviendas de la Caja de Ahorros (Grupo Mariano Rodríguez) entre el paseo de Carmelitas y la calle Filiberto Villalobos, que además de servir para el casi olvidado juego de pelota vasca, fue utilizado a menudo para la celebración de bailes, verbenas y representaciones cinematográficas, eso sí, en verano ya que se trataba de un espacio descubierto.


Cabe nombrar un último café, el café-restaurant Fornos abierto en las escalerillas del Pinto en 1912 por D. Victoriano Martín y trasladado a la Plaza Mayor 47 como Gran Fornos a principios de la década de los 20, en el lugar que hoy ocupa la cafetería Las Torres.

La modernidad fue poco a poco abriéndose paso en Salamanca y con ello la democratización de la hostelería, los cafés se convertirían en cafeterías e irían extendiendo su radio de ubicación a medida que la ciudad crecía, al mismo tiempo que extendían su clientela a todas las clases sociales. El término taberna fue quedando en desuso y nuevas tipologías de establecimientos aparecerían. El primer bar del que tenemos constancia en nuestra ciudad fue el bar Salmantino, abierto el 23 de junio de 1909 por el burgalés Valentín Gómez en la calle Concejo 12, cuando aún se llamaba calle de Pérez Pujol, y estaba destinado a la venta de refrescos espumosos ingleses. Así lo describió el periodista del Adelanto el día siguiente a la apertura:

“El nuevo establecimiento, único instalado de su clase en Salamanca, lo está con novísimos aparatos, destinados á la preparación del agua de soda, como los refrigerantes para obtener frescas las bebidas. Las maquinarias, pues, instaladas, son curiosísimas, y su funcionamiento merece verse. En el moderno bar, se sirven toda clase de refrescos (debidamente filtrada el agua), tales como fresa, limón, zarza, naranja, frambuesa, hoblou, kivas, crema , plátano y otros varios, á precios sumamente económicos, observándose singular limpieza e higiene. El bar iba siendo una necesidad en Salamanca, y a buen seguro que será muy visitado por el público. Deseamos á sus dueños muchas prosperidades.”

Abrió terraza en la inmediata plaza de la Libertad y ofreció veladas musicales al igual que los cafés de la época. El agua de Selz o Soda y las gaseosas eran conocidos y usados por la hostelería desde tiempo atrás, pero su especialización en un establecimiento fue singular. Las dudas de cómo se sostendría un bar de refrescos con la llegada del invierno en una ciudad tan fría como Salamanca, se solventaron de inmediato cuando el bar Salmantino inauguró su temporada de invierno con el servicio de café, licores, ponches calientes, vermouth, cerveza, sus refrescos espumosos y sobre todo los “aperitivos”.

Pronto la hostelería salmantina lo imitó.

Hoy, hoteles, hostales, residencias, bares, café-bares, cafeterías, cervecerías, pubs, discotecas, boîtes, clubs, night-clubs, chupiterías, bares de copas, coctelerías, restaurantes, pizzerías, bocadillerías, hamburgueserías, doner kebaps y otros garitos, se reparten por todo el casco urbano prestos a cubrir las necesidades de alojamiento, comida, bebida y diversión de una ciudad con cerca de 30.000 estudiantes y miles de visitantes, cumpliendo con la perpetua misión de ser espacios de sociabilidad.

Nada o casi nada ha cambiado.







La visión de un periodista de principios de siglo XX


“SALAMANCA POR DENTRO

LA  VIDA EN LOS CAFES 

Elogio del café. 


Indudablemente los cafés son, para la mayoría de los salmantinos, el obligado y confortable refugio donde se matan las enervantes y fatídicas horas de aburrimiento, tan frecuentes en provincias que, cual la nuestra, ofrecen tan pocos atractivos y tan contadas distracciones al vecindario. Después de ese otro eterno refugio de los salmantinos, la plaza Mayar, de la que quizás algún día escribamos algo, los cafés son para nosotros, un ameno lugar en el que se encuentran distracción, alegría, reposo y hasta. .. cultura... Claro es que esto de la cultura, en sentido bastante relativo. Para el repórter, los cafés son una codiciada é inagotable fuente de información; en los cafés todo se habla, todo se sabe, se critica, se despelleja... Y el periodista que tenga la mala ó buena costumbre de ir todos los días al café, con detrimento ¡ay! del bolsillo, raro será el en que no salga de estos populares establecimientos, con unas cuantas notas en su carnet. Tan cierto es esto y de tanta utilidad es para el periodista el café, que ganas me dan de hacer en esta información un inciso, pidiendo á las administraciones de todos los periódicos voten ó creen en sus presupuestos de gastos una nueva partida... para abonar á los redactores el gasto diario que estos hacen en tan populares establecimientos, gastos que la mayoría de las veces van en beneficio del periódico. Por lo menos á mí, el ir al café me ha dado motivo para llenar muchas veces algunas cuartillas, en días en que el espíritu ó la imaginación, ó lo que sea, no estaba para tafetanes... y las noticias andaban escasas. Y también ¡cuántas veces, en el invierno, sobre las mesas de mármol, cuando las puertas de la redacción no estaban abiertas y en la casa de la patrona faltaba el brasero, he hecho mi trabajo periodístico del día entre sorbo y sorbo de café; entre el monótono y seco ruido de las fichas del dominó al chocar contra las mesas, en medio del ir y venir del camarero, del sonar del piano, del confuso hablar de los clientes, del rumrum de platos y copas y del entrar y salir de parroquianos!... Sólo elogios puede tener el periodista para les cafés, y, aun cuando en Salamanca no tenemos ningún Fornos, ni ningún Lyon d'Or, no por ello vamos á decir, que nuestros cafés carecen de historia, no tan brillante como la de Fornos, ni tan inolvidable como la del Iberia, al que concurrían Fígaro y sus ilustres amigos, haciendo tertulias en las que se derrochaba ingenio, pero tampoco tan mezquina y tan insustancial que no merezca los honores del recuerdo cariñoso. Toda la vida de Salamanca, está indudablemente en el café y toda nuestra energía mental se disipa en diálogos de café. Aquí apenas se escribe y lo que tienen de mejor las almas de nuestros literatos lo guardan para el café. Pasa lo mismo que en Atenas, según ha contado Gómez Carrillo. En los cafés de Atenas "se adquieren los defectos nacionales y las virtudes locales. En los cafés de Atenas se hacen y se deshacen las famas. La Prensa, que tanta influencia tiene en las masas, es reflejo del café. En su recinto, todos los que creen tener derecho á intervenir en la vida activa del país, se embriagan día y noche, verbalmente; y cuando hablan durante un par de horas, se sienten brutalmente transformados y lo más quimérico se les figura cosa fácil...”, ¿Qué si no esto sucede en Salamanca? También en los cafés suele perderse el tiempo lastimosamente, y mirados bajo este punto de vista, si que pueden alegrarse esos eternos higienistas que acusan á los tan visitados establecimientos de perniciosos para la salud, atrofiadores de la inteligencia y de la voluntad y refugio obligado de gente ociosa, cuando no maleante, que critica de todo sin saber precisamente de nada . . . Ciertamente algo hay de esto, pero ¡señores míos, no vayamos á llevar las cosas tan á punta de lanza! Y si los cafés son en invierno para los salmantinos una diaria y cómoda distracción, en el verano, en este verano salmantino, calcinante, monótono, aburrido, no lo son menos. Nuestras playas son los acerones de Novelty y del Pasaje, el lindo patio de éste, cuando en serenas noches hay conciertos, y entre el patio del Pasaje y la Glorieta y la Alamedilla y las Carmelitas, componemos nuestros preferidos lugares en este tiempo de calores. Hagamos, pues, de estas líneas, un sincero elogio á los cafés, y apuntemos ahora unos cuantos datos, que hagan de este artículo un ameno pasatiempo... 

Que es lo único que el cronista se propone. 

Tertulias y partidas. 


¡No hay cosa más interesante que una tertulia del café! Los que las forman, en diversos turnos, son siempre los mismos señores, siempre se ven las mismas caras, acaso sus conversaciones, tras de ligeras variantes, giran siempre también sobre el mismo tema... Y á pesar de estas tremendas repeticiones de las cosas, hay tertulias interesantísimas, tanto más, cuanto que en su seno hay individuos vehementes, de esos que fácilmente se apasionan por las cosas más insignificantes y fútiles. En estas tertulias se ve; al modesto empleado de 6.000 reales con descuento, al grave señor que vive holgadamente de sus rentas, al jovial estudiante que tiene con el camarero una interminable tarja de débitos, al obrero serio y formal que juega todos los día su café, al periodista (¿cómo no estar un periodista?), al que todos son á darle formidables latas, hablándole de cosas que casi siempre nada le importan ó á rogarle la publicación de este ó aque sueltecito á cambio de un apretón de manos, no sin quedarle también eternamente agradecido... 

Diálogos de tertulia, ingeniosos unos, estupendamente brutales otros podría citar un sin fin. Recuerdo que no hace mucho, en cierta tertulia de la que yo formaba parte en un concurrido café, se hablaba de música. A las primeras de cambio (y conste que yo no soy ningún Mozart), vi que aquellos sujetos no sabían una palabra de estas cosas y además poseían un gusto exageradamente malo. Hubo una ronda de cigarrillos que galantemente nos ofreció uno de los contertulios. Y al sacar su caja de cerillas, vi que una de las vistas de ella era Beethoven. Sin poder contener mis ímpetus dije: —¡Hombre Beethoven, el gran Beethoven! ¿Me permite usted la caja?
 Y tomé la caja y me puse á contemplar la figura del gran músico.
 —¡Qué bien esta!— dijo uno con cierta halagadora ironía. 
— ¡Qué hombre más grande!— replicó otro. 
— !Qué buenos ratos de dolor del alma me ha hecho pasar!— repitó un tercero. — Esto no va mal— me dije—: Saben perfectamente quién fué Beethoven. No había yo terminado de hacerme estas reflexiones, cuando uno de la tertulia, me dijo ingénuamente: 
—¡Oiga usted! ¿Beethoven  no era... no era... pintor? 
¡Horror! Estupefacción general y el camarero que exclama irónicamente:— ¡Sí, Albarran.!... 

Para muestra basta un botón. Casi todas las tertulias, algunas cultas, pero créanme que son las menos, cuentan con un formidable analfabeto (digámoslo asi), capaz de sacar de quicio al mas pacifico... Serían interminables los diálogos que aquí estamparía, sobre todo de las tertulias donde se habla de toros, de periódicos, de política y... del Ayuntamiento... y que casi siempre terminan con la consabida fórmula de “se continuará”, para reanudar la conversación al día siguiente. Partidos de dominó (menos en Novelty , que allí no se juega nada más que á hacer frases), hay en cada Café tantas como mesas existen para poder jugar en el salón. Indudablemente Salamanca es una de las provincias en las que más y mejor se juega á este monótono jueguecito del dominó. Y siempre son los mismos contricantes; hay partidas interminables. Sobre todo los sábados, hay una de partidas que pone espanto en el alma, siendo mayor aun el número de estas, los domingos. ¡Como que hay partidas que principian á las dos de la tarde y terminan á las doce de la noche, cuando ya se cierra el café! A muchos jugadores— jugadores de café y cigarro y si acaso media copa de ojén— si les dejasen, continuaban con las fichas en la mano hasta el día siguiente. Y también para que los cafés presenten los sábados y los domingos un más pintoresco aspecto, se ven apacibles matrimonios que se juegan su cafetito con un interés de dos mil diablos... 

Música, literatura, etc. 
Generalmente en nuestros cafés por la noche se hace música y por la tarde se echa un cuarto á espadas á literatura. 
Son muy pocos los que al parecer se preocupan de estas cosas. Engolfados en la tertulia ó en el juego del dominó, no tienen tiempo para más. Por las noches se hace música en todos los cafés, música ligera, animadita, música para obreros y horteras que son los que llenan estos establecimientos á tales horas. Los pianistas tienen ya agotado el moderno repertorio de las últimas zarzuelas y desde El pollo Tejada a La alegre trompetería, pasando por el inevitable coro de Bohemios, todo... se lo saben de memoria nuestros joviales dependientes de comercio. Ellos echan su partidita; pero también quieren música, y no son alborotos y ovaciones los que promueven pidiendo esta ó aquella partitura de sandungueo. A veces, de tarde en tarde, hay un señor que se acerca al pianista y le pide una obra de Puccini ó de Saint-Sáens, ó de Mascagni; otro que pide Aires nacionales y un tercero que desea un pasodoble de Chueca... Y esta es toda la música que se hace en los cafés. Hagamos la excepción de la que se hace en Novelty y la que en este tiempo se hará en el patio del Pasaje. Aquellos son conciertos para los inteligentes, que aquí, ya lo saben ustedes, lo somos todos, absolutamente todos... 
De literatura estamos á la misma altura que de música. De cada 50 concurrentes al café se ve á uno con un libro en la mano y á 25 con periódicos. Entonces cree uno que se lee, aunque poco, pero que se lee algo. Y cuando una indiscreta mirada nos hace ver el título de los periódicos y el de los libros, llevamos una decepción. Los periódicos son absolutamente pornográficos, los más, y los libros de esas bibliotecas galantes en que se hartan á decir barbaridades unos señores que firman con estupendos pseudóminos. Hay dos vendedores de libros "de todas clases, precios y tamaños” y da pena preguntarles:
— ¿Se vende mucho?— porque tanto el simpático Fernando como el veterano Carranza, se quejan amargamente de que no se lee ó no se compra nada, y si se compra, ya se sabe: Carolina Invernizzo al canto ó Ponson du Terraill...
 Claro es que hay excepciones; pero la literatura del café, la que yo veo adquirir es ésta, esa lectura horripilante y sangrienta de la ilustre escritora italiana y del fecundo autor francés. Pero á pesar de estas desfavorables notas que el cronista aporta, hijas legitimas de una ligera observación hecha en ratos acaso de melancolía ó de aburrimiento, los cafés viven una vida que no será muy culta, pero es muy alegre, y esto es algo que se necesita para llevar la vida como Dios manda. 

El consumo. 


Tenemos en Salamanca cinco cafés, á cual mejores y más concurridos. Los cinco viven una vida holgada que les permite sostener á numerosa dependencia. Y Novelty, el Suizo, Pasaje, Castilla y La Perla, la celebérrina Perla, nido de tantos pasajeros idilios de gran parte de la generación de ayer, tienen sus asiduos parroquianos y sus diarias tertulias. Es difícil á ciencia cierta decir el número de cafés que se despachan al día en cada escablecimiento; pero pongan ustedes de 300 á 400 y aciertan, sin contar thes, chocolates, pasteles, copas, etc. El consumo de café es enorme, y los camareros, sobre todo los domingos, se ven y se desean para servir cumplidamente á los clientes.


Los camareros. 


El oficio de camarero tiene su intríngulis, y. para tener parroquia ha de resultar su trato en extremo agradable y á gusto de todos Su trabajo es un trabajo penoso, de muchas horas, en medio de una atmósfera asfixiante y de un continuo y monótono traginar. Sus sueldos escasísimos no les daría para vivir ni medianamente siquiera, á no ser por las propinas que reciben. . Los camareros carecen en Salamanca de una asociación de socorros ó de resistencia, y algunos de ellos son socios de Los Hijos del Trabajo. Los camareros establecen turnos para la limpieza de los cafés por las mañanas, y gracias á esto, su descanso es un poco mas largo. 


Final. 


Sólo ligerísimamente he dejado apuntadas algunas impresiones de la vida en nuestros cafés, que no tienen otro objeto que el de distraerte un poco, lector. Si lo conseguí, me doy por satisfecho."



Un Repórter. El Adelanto 20 de mayo de 1908






Bailar al son que nos tocan
por Enrique de Sena


 Un día del otoño de 1989 pasé por la calleja de Pinto y vi una puerta abierta. La curiosidad justificaba todo atrevimiento. Y entré. Unos hombres, entre ellos un viejo amigo, se afanaban en mover muebles nuevos. Algún detalle extraño en las paredes llamo mi atención... Y pronto volvieron a mi memoria recuerdos de la juventud lejana. Porque estaba en el «Iris». Si, el «Iris». Aquel baile que se saturaba de humanidad los domingos por la tarde en años que incubaban la Guerra Civil. El «Iris» al que fuimos alguna tarde de domingo, después de la guerra, cuando el baile de salón languidecía y a la orquestina sucedió el «pick-up», aquellos gramófonos con discos de baquelita de 78 revoluciones. Música en conserva. El «Iris» cayó pronto, como víctima abandonada a su suerte en la postguerra del hambre. Creo que sobrevivió el «Ideal», en la Cuesta de la Raqueta. Salón nuevo, que había visto diversificar su uso cuando hasta mítines se celebraron en él. O banquetes «monstruo» de paella y filete empanado que permitían que al menos la mitad se preparara la víspera.
La fotografía pertenece al «Iris», al único baile publico que nos queda, no como atractivo, sino su estancia hoy convertida en almacén de muebles González Rey. Tenía un cierto aire de cabaret modesto, algo moruno. La orquesta se ponía en una especie de escenario que parecía el ático de las mesas más distinguidas del local. Tema un patio, que se conserva y en él estaba el bar. Un bar de pocas complicaciones. Repertorio sencillo, cervezas, coñac, anís, «cointreau» y algún que otro jarabe que diluido en agua fresca adquiría «tridimensionales» sabores.
Nadie ha escrito la historia de los bailes salmantinos. Uno ha podido saber que en ciudades de poca monta como la nuestra también hubo bailes, pero ha echado las cuentas del danzarín y la proporción baile-habitantes le ha salido fenomenal en Salamanca. Lo bonito no son los bailes en sí, su estilo, su clase dentro de una sociedad que tuvo matices muy democráticos a contrapelo de la gente conservadora. Lo bonito son los nombres. Haremos un esfuerzo para complacer al lector. Digo lo anterior, porque si Salamanca tuvo desde muy antiguo el «Casino de los señores», el de la Perla, el Iberia, el Pasaje, los bailes de los casinos nunca fueron tan animados como los de Ramos del Manzano, Asadería, Calleja de Pinto, Cuesta del Carmen, Prior, Avenida de Campoamor, etc. En los casinos los bailes en fechas muy señaladas tenían mucho esplendor. No se bailaba, se andaba lentamente, aprisionados los danzantes como sardinas en lata. Pero fuera de Nochebuena, Carnavales y Ferias, los bailes de los artesanos se llevaban la palma de la animación. Dicen que los señoritos no iban  a los casinos, porque las señoritas eran muy aburridas y que en el Salón Artístico, en el Oriental, en el Variedades, las lozanas artesanas se mostraban más decididas.
No voy a seguir en esta ocasión un orden cronológico, que acaso utilice si la vida se dilata y acabo el baile de mi vida con tiempo para dejar constancia de lo danzantes que fueron los salmantinos de finales y comienzos de siglo. De ahí que la relación sea caprichosa.
 Aquí tuvimos el famoso Centro Salmantino de Espoz y Mina, con piano mecánico y ambigú selecto, que tuvo larga historia antes de empezar el siglo XX. En el Salón Artístico, un barracón que se montó en la plaza de Colón, se alternaba el baile con la zarzuela, los mítines
 y los banquetes. En la Casa de la Tierra que ahora está conociendo una enorme transformación hubo picadero, baile, escuela. De todo. Allí estuvo el Brillante. Luego cambió de nombre y surgió la sociedad de baile La Amistad. El Salón Oriental, cerca del Campo de San Francisco, ocupaba locales contiguos a la industria de Moneo. Más tarde se llamó Apolo.
Los dependientes de comercio de finales de siglo tenían la sociedad Unión Mercantil cuya única preocupación era la unión de las parejas para bailar al son de la orquesta que pudiera improvisarse. En Espoz y Mina. Claro que hubo tres «Uniones Mercantiles» para el baile. Otros bailes, como «La Lira», el «Kanaclub», el «Nuevo Salón Artístico», baile que inicia la tradición de la Cuesta del Carmen. Baile en el Corral de la Raqueta. Hasta en el Arrabal estuvo el Casino Centro del Tormes. En la calle Asadería nació el «Asadería» que  pronto cambió el nombre por «Nacional». Los estudiantes montaron en el Pasaje y en La Perla, el baile de la Unión Escolar. Al igual que la Unión juvenil que, cuando se extinguió, entregó las 13,50 pesetas que había en caja a las Hermanitas de los Pobres. Esto sucedía en 1905. En el salón del Café «El Siglo», Prior, estaba el salón de baile «El Recreo», como el «Recreo Salmantino» abría sus puertas en Zamora 26 en la casa palacio del Duque de la Roca. Y en la cuesta del Carmen tuvimos «El Estambul» y «La Gruta del Amor». El salón  «Triguero», «El Alhambra», «El Gran Kursal». El Niza, ¡Bueno!, el Niza fue el primer nombre que tuvo el Iris... Hasta la calle del Brocense tuvo su baile, «El Talismán», que empezó en 1911 y terminó en 1919. Ramos del Manzano, calle muy alegre, de casas de lenocinio y remanso de amores de tapadillo, conoció el «Salón Terpsícore». Otros, «El Lirio», «La Marina», «El Ramillete de Flores», «Juventud Artesana», «Two-Stop», en Ramos del Manzano, que sucede al «Salón París». El «The Sport», en Zamora 26. «Tupinamba», «Gran Vía», «La Parisién».
Cuando derribaron «El Estambul» en la cuesta del Carmen (la Cuesta del Carmen fue el Pigalle salmantino), enero de 1972, dediqué unas líneas al viejo caserón que nació como panera-baile, tuvo varios nombres, fue hogar del Frente de Juventudes, Gimnasio de la OJE, almacén de cosas diversas, etc. Germán Herrero contó toda la historia de aquellas paredes que albergaron el ocio, la distracción o el tedio de varias generaciones de salmantinos. Estaba el Estambul en la parte baja de la Cuesta del Carmen, esquina a Crespo Rascón y en la acera de enfrente, junto al Teatro Moderno, «La Gruta del Amor» y «El Alhambra».
Ya no eran bailes. Sus últimas historias fueron servir como almacenes de tiendas y comercios céntricos e importantes. Todos desaparecieron. Menos el «Iris», que aún conserva en sus paredes algún que otro modernista brochazo de los años de la postguerra.

Salón de Baile Estambul en la Cuesta del Carmen.
Un miembro de la Legión Condor a la puerta del Salon de Baile Estambul en el
invierno  de 1936/7. (Facebook-Carlos Vidriales Garcia-31/08/2014)





Capacidad hotelera de Salamanca en 1910

Diario El Adelanto 1910